jueves, 2 de abril de 2020

El lago


Por Violeta Paula Cappella


Cuando las aguas se congelan, la superficie de los lagos se cristaliza y emite sonidos que parecen ser ballenas que llaman a sus hermanas que están a miles de kilómetros de distancia.

Los hielos de la superficie comienzan a quebrarse dejando estrías, dibujos, geometrías sagradas que nuestros antepasados, ancianos conocedores de los misterios de las superficies heladas, entendían y hablaban de ellos en voz baja.

Contaban los ancianos, que las estrías del lago congelado era un mapa de su próxima vida en primavera y verano, si habría abundancia de peces, si vendrían cisnes, patos u otras aves a nadar sobre las aguas frescas de la mañana.

Las estrías del hielo son como las líneas de la mano, quien sepa leerlas, sabrá cómo será esa vida y el lago también es una vida que contiene miles de vidas en sí.

Los ancianos observaban esas líneas subidos a alguna altura cercana, que podía ser un mirador o un montículo de tierra.

Cuando las líneas del hielo comienzan a formarse, el quiebre produce silbidos, aullidos, rugidos, bramidos, imitan a los animales porque todos viven del  y en el lago.

Los ancianos que entendían el idioma del lago, contaban que llamaba y le hablaba a cada animal y seguramente lo sigue haciendo, en cada invierno, en cada otoño y tal vez aún hoy, algún anciano sepa todavía ver y escuchar sus misterios, su canto y paisaje, su dulzura helada y su rigidez surcada de palabras mágicas, presagios de un año de vida en su larga vida, casi eterna de aguas de cielo, espejo del paisaje agreste, hostil y amigo de las vidas que nacen y crecen a su alrededor.